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Terra
La Coctelera

2. Un príncipe muy cambiado

Loren corría desesperadamente por el rocoso despeñadero con los brazos extendidos intentando mantener el equilibrio. Los cascabeles de su sombrero de dos puntas tintineaban incesantes a cada paso. Aunque adoraba ese gorro de arlequín, en ese momento lo maldijo una y cien veces por hacer tanto ruido. Cansado, se escondió tras un pedrusco y comprobó si aun le perseguían. Afortunadamente no había nadie. Con un suspiro se miró el colorido traje con una mueca de insatisfacción. Lo que antes era amarillo, rojo y azul, ahora estaba de color marrón, cubierto totalmente de tierra y polvo. Con un segundo suspiro, se frotó los pies para calmar el intenso dolor que le producían. Decididamente aquellas babuchas no estaban hechas para caminar por las piedras.
De repente, oyó unos gritos provenientes de arriba y supo enseguida que eran sus perseguidores. Estiró hacia abajo las puntas del sombrero para que no le sobresalieran por detrás de la roca e intentó hacerse lo más pequeño que pudo. Si lo pillaban sería el fin de sus días como juglar, su reputación quedaría manchada y ya nadie le dejaría entrar en su pueblo a actuar. Al cabo de unos minutos, las voces se extinguieron y Loren concluyó que ya no había peligro.
Se levantó con dificultad apoyándose en la roca y notó, a su pesar, que sus pies estaban realmente hechos polvo. A trompicones, logró salir del pedregal y llegar al camino de arena ¿Y ahora qué? No tenía provisiones, ni medio de transporte, ni nada de nada. Desesperanzado, se metió las manos en los bolsillos y echó a andar por el camino esperando que sucediera un milagro. Al subir un montículo divisó, un poco más abajo, una pequeña casita con la chimenea encendida. Se preguntó qué haría tan alejada del pueblo y rogó que no hubiera llegado a los oídos del propietario el rumor de un ladrón vestido de bufón.
Realmente las primeras intenciones de Loren eran pedir limosna, pero al ver un fornido cholobó amarrado al porche no se lo pensó dos veces. Era un animal parecido a un avestruz del tamaño de un burro, solo que no tenía alas ni plumas, sino un abundante pelo naranja y una silla de montar sobre el lomo. Con cuidado, se acercó al cholobó y lo acarició suavemente. El pelaje era muy grueso y áspero. Viendo que el animal no se inmutaba, decidió coger las riendas e intentar subir poniendo un pie en el estribo, pero el cholobó se enfureció y de un golpe tiró al juglar al suelo.
Loren soltó una maldición y miró al animal, desafiante. Viendo que éste lo ignoraba, se giró para coger un pedrusco de la senda y se la tiró sin mirar. Pero la piedra nunca llegó a darle. Para cuando el bufón volvió a mirar al cholobó, había un chico de unos dieciocho años vestido con un poncho y pantalones ajustados justo delante del animal. Tenía un brazo extendido y en su mano estaba el guijarro que Loren había tirado, y que hubiera dado al cholobó en toda la cabeza si no la hubiera interceptado.
—Agradecería que no molestaras a Taro —dijo él con una sonrisa muy falsa. No parecía enfadado o disgustado, ni siquiera sorprendido por el atuendo del juglar, al contrario, estaba muy tranquilo y miraba a Loren con cierta compasión. Quizás fue aquella mirada de lástima, tan sarcástica y astuta a la vez lo que le hizo desconfiar de aquel muchacho. Además, mirándole a los ojos daba la impresión de que se había hecho hombre demasiado pronto.
Aun así, Loren, caballeroso como era, se puso en pie de un ágil salto, se sacó el sombrero tintineante e hizo una pomposa reverencia con un matiz apenas perceptible de ironía.
—Mil perdones, me he puesto nervioso. Yo solo quería acariciar al pobrecito animal, pero supongo que me habrá tomado por un bandido y se ha alterado —explicó el juglar poniendo su cara de víctima preferida.
—¡Oh! Lo entiendo, es normal ¡Incluso a mí, desde la ventana, me ha dado la impresión de que eras un ladrón! —se rió el chico esbozando una sonrisa poco amable.
Loren le devolvió una sonrisa forzada y se apresuró a dar media vuelta. Cuando ya no se le veía, el muchacho del poncho se acercó a su cholobó y le acarició el lomo cariñosamente.
—Así que ese era el ladrón del que hablaban en el pueblo... —susurró distraídamente— Bueno, en todo caso no es asunto mío, ¿verdad, Taro?
El cholobó le contestó con un graznido de complicidad.

El mercado estaba muy animado aquel día. Un chico rubio de ojos oscuros se paseaba por él mirando cada estante con interés. A su lado caminaba el muchacho del poncho con su habitual indiferencia. Pasaron por delante de una paradita que vendía amuletos, capas de invisibilidad, botas de mil leguas y relojes con muchas manecillas. El chico rubio miró todo con atención mientras su acompañante bostezaba, aburrido.
—Mira esto, Ryusang —le dijo el primero— Plumas con corrector ortográfico, ¡qué interesante! ¿Funcionarán de verdad?
—Lo dudo —contestó el otro contemplando las nubes.
—Hecho en Phorenth —leyó— Realmente los científicos de aquí son increíbles ¿no crees? Son capaces de crear objetos para no tener que recurrir a un mago siempre. Claro que eso me veda la clientela, pero creo que es lo justo. Todo el mundo debería tener los mismos recursos, y no por haber nacido como yo, vivir mejor que los demás. Pienso que si la gente se esfuerza, tiene el derecho de vivir como ellos quieran, sin privaciones por ser como son ¿no crees?
Ryusang no contestó, ni siquiera le había escuchado. El mago tampoco esperaba ninguna respuesta, conocía lo suficientemente bien a su amigo para saber que no le interesaba lo más mínimo lo que estaba diciendo. Muchas veces hablaba demasiado y él se justificaba diciendo que "pensaba en voz alta".
Siguieron paseando, contemplando cada paradita donde se vendían desde pañuelos, sombreros y túnicas hasta verduras, frutas y gominolas. El mago se volvió a parar en una para comprar alguna cosa de comer. Ryusang se dio cuenta de que delante había un quiosco.
—Voy a comprar el diario —anunció él.
—Vale —contestó el otro eligiendo unos pescados de crestas rojas—. Podrías comprar el Deili Dragh, hoy dan un suplemento.
El chico dio media vuelta y se dirigió al quiosco. No tenía demasiados periódicos, pero al menos eran del día. Mientras compraba el Deili Dragh oyó a un hombre que le leía los titulares a su mujer:
—Los propósitos del emperador Balmung I se llevan a cabo, Celes avanza un paso hacia el progreso —y mirando a su mujer añadió— Fíjate, Marise, menuda biblioteca tan impresionante que han construido en la capital del Imperio. Parece que este emperador sabe lo que hace. Está llevando a cabo una gran labor.
Ryusang, que ya tenía su diario en la mano, no pudo evitar echar un bufido. La pareja giró la cabeza para mirarlo.
—El imperio de Vandheman apesta. Igual que su Emperador —dijo con infinito desprecio.
Cualquiera que lo conociera le hubiera extrañado su comentario, y más, el tono con el que lo había dicho. A Ryusang parecía no interesarle nada de lo que le rodeaba y jamás daba su opinión. En cambio aquella vez parecía saber de lo que hablaba.
Un anciano que llevaba un sombrero de ala ancha y una capa larga lo oyó y dijo:
—¿Por qué, muchacho?
Ryusang lo miró sorprendido. Estaba claro que no esperaba que alguien lo cuestionara.
—Nos está comprando, señor, construyendo bibliotecas, modernizando la capital... Pero desde que el reino de Celes conquistó Arsen y el rey Balmung se autoproclamó emperador, los países de Arsen se van empobreciendo cada día más ¿Y qué hace? Nada de nada. Es aquí donde debería actuar y cambiar la situación, no en la capital del Imperio donde ya tienen de todo.
—Pero hijo, no hace más de dos meses que el rey Balmung es emperador. Además, con todo el revuelto que hubo cuando su hermano murió... —le contestó el viejo.
—Su hermano murió hace ya cuatro meses —le cortó Ryusang.
—Y Balmung —continuó él, ignorando la interrupción— se proclamó emperador para unir los países sin necesidad de destruir los reinos, y lo hizo para ayudarnos.
—Claro, así si él comete un error puede culpar al rey de Arsen.
—Bueno, ya basta, muchacho —dijo de repente un hombre que había a su lado.
Ryusang y el viejo se giraron sorprendidos y vieron que el hombre que acababa de hablar vestía un uniforme con el emblema del imperio de Vandheman, por lo que supusieron que era un alguacil. Ambos sabían que no debían meterse con los oficiales del imperio, pues al ser de Celes, eran desalmados, orgullosos, egoístas y hasta violentos.
—El emperador Balmung I está llevando a cabo una gran labor y nadie debería dudarlo —declaró el agente con solemnidad.
—Por supuesto, señor, lo siento —dijo Ryusang inclinando la cabeza.
—Ahora... —continuó, pero se calló de pronto mirando al anciano con interés. Éste estaba muy nervioso desde que había venido el oficial y mantenía la vista fija en el suelo, intentando que el sombrero y la capa le cubrieran el rostro.
El agente se le acercó más y con un movimiento rápido le quitó el chambergo. De inmediato al viejo se le esparció sobre la cara una melena rubia que le llegaba casi hasta el mentón, algo poco habitual para anciano de su edad. Ryusang frunció el ceño al reconocer aquel cabello tan amarillo: era el ladrón-juglar con quien se había topado el día anterior. Y para desgracia del bufón, el agente también lo reconoció.
—¡Tú! —exclamó el oficial fuera de sí agarrándole de la capa.
—Buenos días, señor —le contestó él con una sonrisa pícara.
—¡Capitán! —gritó el oficial dirigiéndose a su jefe— ¡He encontrado a Loren Ménerval, el ladrón que se nos escapó en Ralsmanny!
Loren intentó deshacerse de la robusta mano que lo mantenía apresado a arañazos, pero el agente no daba señales de notarlo lo más mínimo. Desesperado, le dirigió una mirada suplicante a Ryusang pero este tampoco parecía acordarse de su presencia y miraba al jefe del oficial con sorpresa.
Parecía que se conocían porque, al llegar, el capitán se quedó parado observando a Ryusang como si estuviera viendo un fantasma.
—No es posible... —susurró el capitán.
El agente que sujetaba a Loren miraba a Ryusang y a su jefe como en una partida de tenis, sin acabar de comprender lo que estaba ocurriendo.
Loren, por su parte, se dio cuenta de que era un momento glorioso para escapar, así que de un manotazo se libró de la mano del agente. Entonces todo ocurrió muy deprisa: el agente se sobresaltó, su jefe se percató del ladrón y Ryusang recobró la compostura. En medio de todo aquel alboroto, Loren vio a cámara lenta como Ryusang sacaba unas monedas del bolsillo y como éstas volaban, a la velocidad de un disparo, hacia la cara del capitán. Éste retrocedió por el impulso y se llevó las manos a la marca circular roja que le había quedado en el rostro. Acto seguido, dio un temible rugido que ahuyentó a Loren y Ryusang, los cuales echaron a correr despavoridos.
Mientras corrían por el mercado apartando gente a empujones, el mago rubio, que aun estaba en la pescadería, se giró intrigado por los gritos y los vio.
—¿¡Pero qué...?! ¿Ryusang? —exclamó extrañado y preocupado a la vez.
Rápidamente le pagó al pescadero, cogió el cesto y se hizo paso entre el mogollón para llegar hasta su amigo.
Al cabo de un rato, Ryusang y Loren llegaron a las afueras del pueblo y se escondieron en un establo. Cansados, se sentaron en la paja a descansar, aunque atentos a los ruidos del exterior. No había pasado un minuto cuando oyeron pasos apresurados, los cuales disminuyeron de velocidad al pasar por delante del establo.
—¿Ryusang? —dijo la voz del mago.
Aliviado, Ryusang se levantó y le abrió la puerta. Afuera le esperaba su amigo con la capa a medio caer y el cesto con menos manzanas que al principio.
—Por el amor de una madre ¿Qué demonios ha pasado? —le preguntó éste.
Ryusang le hizo pasar sin una palabra y, asegurándose de que no había nadie más, cerró la puerta con cerrojo.
—Me han reconocido —dijo él simplemente.
El mago se sentó en un montón de paja con delicadeza para no ensuciarse y Ryusang se quedó en la puerta, donde la poca luz que había le iluminaba el rostro tenebrosamente. El mago le miró con cara de preocupación.
—¿Quién? —le preguntó.
—Un oficial.
El mago suspiró y Loren carraspeó para llamar la atención.
—Señor, —dijo Loren con demasiada cortesía para alguien de su edad— le agradezco mucho haberme ayudado, teniendo en cuenta nuestro último encuentro.
—Está bien mientras no me trates de usted —musitó Ryusang
—Por supuesto —declaró con una sonrisa—. Por cierto me llamo Loren.
—Lo sé —contestó Ryusang secamente.
El mago lo miró acusadoramente advirtiéndole de su rudeza.
—Yo Ryusang —se rindió él con un suspiro.
—Y yo soy Nerguel —se presentó el mago sonriendo.
Loren inclinó la cabeza a modo de saludo y luego los miró con interés. Eran una pareja bien extraña. Ryusang parecía distante y antipático y Nerguel se comportaba como su madre, riñéndole para que fuera amable con la gente. Lo más extraño era que Ryusang, el cual tenía aspecto de rebelde, le hacía caso.
Luego estaba todo ese misterio de "me ha reconocido" ¿Es que acaso Ryusang era alguien peligroso? ¿Le buscaría la ley a él también? Si eso era así, ambos podían huir juntos y así aprender el uno del otro. Pero lo que no le cuadraba era ese mago, Nerguel. Tenía pinta de ser agradable y honrado y Loren no entendía que hacía con ese criminal.
—Deberíamos irnos —dijo Nerguel de repente.
—¿Tú crees? ¿Tan pronto? —le preguntó Loren asustado.
—Estaba hablando conmigo —le soltó Ryusang.
Loren le dirigió una mirada hostil llena de odio.
—Tu puedes venir también —le contestó Nerguel para salvar la grosería.
—¿Cómo? —exclamó Ryusang.
Loren sonrió al ver que le había sacado de sus casillas.
—Muchas gracias.
—No, no, no, no —se alteró Ryusang— Éste no puede venir con nosotros ¡No lo conocemos de nada!
—Se llama Loren Ménerval, es un juglar algo cleptómano, pero sincero y educado. Nació en Ispala, tiene dieciséis años y fue educado en el colegio de Huymstron hasta que sus padres murieron. Fue entonces cuando empezó su carrera de bufón ambulante al no tener dinero para seguir estudiando —les explicó Nerguel como si lo conociera de toda la vida.
—¿Pero cómo sabes todo eso? —se agitó Loren sintiendo su intimidad invadida.
Nerguel se limitó a sonreír dando por entendido que era mago y que ellos podían saber esas cosas.
Ryusang se lo pensó un momento hasta que dijo:
—¿Pero para que lo necesitamos?
—Es un ladrón muy bueno. Seguro que nos ayuda mucho —contestó Nerguel guiñándole a un ojo amistoso a Loren.
—¿Y es de fiar?
—Absolutamente.
Hubo un breve silencio en el que Loren balanceó la cabeza de un lado para otro poniendo cara de inocente.
—Está bien —dictó Ryusang dando media vuelta para abrir la puerta.
—¡Yuju! —exclamó Loren saltando al suelo, feliz por poder acompañar a aquellos dos muchachos tan interesantes.
Con un último empujón, la puerta del establo cedió y Ryusang consiguió abrirla. Tras mirar cuidadosamente a la derecha y a la izquierda, les hizo una seña a Loren y Nerguel indicando que podían salir. Los tres recorrieron el callejón con la máxima precaución hasta llegar a la esquina, donde Nerguel se paró de golpe y les señaló a sus compañeros que había oído algo. Loren se tapó la boca con la mano y Ryusang se quedó muy quieto.
—¿Pero está seguro de que era él, capitán? —preguntaba un oficial.
—Completamente, Erfel —contestó el capitán—. No podría olvidar esa cara en mi vida.
—Pero, capitán, con todos mis respetos... el príncipe Ryusang está muerto —dijo otro con pulcritud.
Al oír eso, Loren abrió mucho los ojos y dejó escapar, sin querer, una exclamación de asombro. No podía ser ¿Aquel Ryusang que estaba a su lado era el príncipe de Celes? ¿Aquel que supuestamente había muerto hacía cuatro meses? Sería demasiada coincidencia que se llamaran igual, pero entonces ¿Por qué huía de la ley? ¿Por qué había fingido su muerte? ¿Qué pretendía hacer?
Loren se giró hacia Ryusang inquisitivamente, pero él se limitó a hacerle una seña para que lo siguiera y los tres dieron media vuelta. Caminando cada vez más rápido, llegaron a las afueras, donde se echaron a correr con pavor hasta cansarse. Al cabo de un rato, alcanzaron un prado idílico pero muy empinado y tuvieron que aflojar el paso.
Finalmente, los tres jóvenes lograron llegar a la cima, donde había una granja bastante pequeña. Allí había dos cholobós amarrados a una hebilla. Loren distinguió al que le había intentado tirar una piedra el día anterior y le saludó con la cabeza. El animal le dirigió una mirada indiferente y siguió comiendo hierba.
—Hola, Taro —le saludó Ryusang dándole palmaditas en el lomo.
Nerguel se acercó al otro cholobó, al cual también saludó, y se puso a desatarlo. A Loren le pareció que aquel momento era ideal para hacer preguntas.
—Esto, Ryusang... ¿Es cierto lo que decían esos dos agentes? ¿Eres el príncipe de Celes? —le preguntó cuidadosamente, aproximándose a él.
El muchacho dejó de acariciar a Taro y se quedó muy quieto, dudando en si contestar o no. Finalmente, se giró hacia Loren y le dijo muy serio:
—Sí.
Definitivamente, Loren no esperaba que lo admitiera y le sorprendió su respuesta clara y concisa.
—¿El hermano de Balmung? —le preguntó para asegurarse de que lo había entendido bien.
—Sí —insistió Ryusang—. Soy ese príncipe egoísta que esperaba poder gobernar un país sin conocer a su gente. Soy ese pijo presumido que sale continuamente en las fotografías. Y también soy ese chico de dieciocho años cuyo nombre está escrito en una lápida. Literalmente.
El juglar se quedó sin habla, impresionado por su honestidad y la frialdad de sus palabras. Pero aquello no le había servido para aclararse, al contrario, ahora entendía menos que estaba haciendo en Phorenth y porque había fingido su muerte. Aun así, no quiso abusar de él y se calló.
Disimuladamente, Loren lo miró con interés. Era un chico alto y esbelto, y aunque vestía con un poncho raído y unos zapatos desgastados, se le notaba un cierto aire de elegancia. Tenía el pelo negro bastante despeinado, con la raya a un lado y algunos mechones por la cara, pero aun así, por su rigidez, Loren supuso que en condiciones normales lo llevaría engominado. También se había fijado que, para hacerse pasar por un labrador, caminaba demasiado erguido y con la cabeza muy alta.
Al juglar no le gustaban los ricachones. Siempre había sido un pobretón y, como tal, odiaba a los aristócratas de la alta sociedad. Pero por desgracia, Loren sabía perfectamente que sin ellos él no ganaría ni un centavo. Cuando empezó a actuar, lo hizo en lujosas fiestas que se celebraban en mansiones y palacios, y le pagaban bastante bien por ello. Por culpa de su manía anti-burocrática, probó de actuar en teatros, pero no tuvo tanto éxito. Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que estaba casi arruinado, así que volvió a sus actuaciones en palacio. Sus compañeros de gremio le dijeron que lo que le pasaba era que les tenía envidia. Le contaron que a ellos les pasaba lo mismo y que no se obsesionara. Y quizás tuvieran razón, pero Loren no conseguía dejar de mirarlos con rencor y desprecio.
—Loren —le llamó Nerguel desde la otra punta.
Éste se apresuró en ir junto a él a saltitos.
—¿Has estado alguna vez en la capital? —le preguntó el mago.
—¿En Stenovirich? La verdad es que no. Aunque estaría muy bien ir, es una ciudad muy poblada y supongo que podría conseguir bastante dinero con mi actuación...
—Pues entonces iremos a Stenovirich —sentenció Nerguel con una sonrisa. Luego añadió en voz baja— Yo también he de ir...
Al oír eso último, Ryusang se volvió hacia el mago con una expresión que Loren no sabría definir si era de tristeza o de rabia. Desde luego, aquellos dos chicos guardaban muchos secretos.
Aquella tarde Ryusang y Nerguel se dedicaron a recoger sus cosas de la granja, la cual Loren se dio cuenta de que estaba abandonada. Él, por el contrario, se dedicó a practicar una nueva canción con su mandolina y a cabalgar con el cholobó de Nerguel por el prado. También intentó montar a Taro pero éste lo reconoció y lo tiró al suelo, de nuevo.
Al caer la noche, el juglar se sorprendió al ver que Nerguel hacía aparecer de la nada tres platos de judías y una pequeña hoguera donde se pusieron a cenar. Loren le dijo que si podía crear cualquier cosa, no necesitaba dinero para comprar nada. Nerguel se rió y le explicó que las judías las había comprado en el mercado y que lo único que había hecho él era cocinarlas. Al final, se pasaron toda la velada hablando de magia mientras Ryusang, aburrido, intentaba tocar la mandolina sin muchos resultados.
—¡Ah, por cierto, Ryusang! —saltó Loren de repente.
Éste se giró hacia él arqueando una ceja.
—¿Es cierto eso que cuentan de que tienes un geogam? —le preguntó con entusiasmo.
Ryusang frunció los labios y siguió tocando la mandolina, ignorando por completo al juglar.
Loren abrió mucho los ojos, sorprendido por su repentino cambio de humor. Antes parecía que si le preguntaba le podría sacar todo lo que quisiera y ahora... ¿Pero si se negaba a contestar no daba a entender que sí? ¿O a caso le parecía que aquella pregunta demasiado obvia? Tantas preguntas sin respuesta empezaba a fastidiar a Loren, al cual le gustaba estar al corriente de todo.
Aquella noche empezaron la marcha hacia la cuidad. Tanto Loren como Ryusang parecían habituados a la oscuridad y caminaban bastante tranquilos. Nerguel, por su parte, estaba algo inquieto y no se separaba de su vara, la cual desprendía luz por un extremo.
Las pendientes eran muy pronunciadas y había rocas enormes por todas partes así que los cholobós iban poco a poco, tratando de no resbalar. Por primera vez, Ryusang se dio cuenta de cuánta razón tenía su jardinero cuando le aseguraba que Arsen era el país más montañoso del mundo y empezó a arrepentirse por no haberle escuchado con más atención. Quién iba a decirle que él, Ryusang du Beylau, príncipe de Celes, iba a acabar con un ladrón y el hijo del Hechicero huyendo de la justicia por las montañas de Arsen. En ese momento y sin saber porqué, a Ryusang le vino a la memoria la última imagen que había visto de su hermano Balmung. Tendido en el suelo con un corte sangrante en el rostro, cruzándole el ojo derecho de arriba a abajo.
Ryusang cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir, intentando apartar aquella visión de su cabeza. No era muy agradable y no ayudaba recordar aquel sentimiento de impotencia que sintió.
Extrañado por el silencio que se había formado, se giró para mirar a sus compañeros y se los encontró caminando con los pies a rastras medio dormidos. El príncipe suspiró y buscó algún refugio, cueva, o similar donde pudieran pasar la noche. Aun tuvieron que caminar varios metros, pero finalmente encontraron una grieta en la montaña lo suficiente grande para los tres.

1. El diario de un príncipe

2 de octubre. Phorenth. —Una vez, mi jardinero me dijo que el sistema montañoso de Arsen era el más extenso del mundo, pues el 80% del continente insular eran montañas. Al principio no le creí, ya que él era arsense y me pareció normal que estuviera orgulloso de su tierra. Recuerdo que solía hablarme mucho de su país, Phorenth, situado en el centro de Arsen. Decía que ahí todo el mundo era honrado y que siempre estaban dispuestos a ayudar, aun no teniendo tanto dinero como los de Celes.
A veces, aquel hombre me interceptaba mientras paseaba por el jardín y me invitaba a sentarme en un banco con él. Ahí pasábamos horas muertas hablando del mundo que nos rodeaba y de sus múltiples maravillas. En ocasiones, cuando se emocionaba, se le escaba alguna injuria contra mi padre, el rey de Celes, por no preocuparse de la situación económica de Arsen. Yo en aquel entonces era demasiado egoísta, holgazán y vanidoso para escuchar lo que me decía aquel jardinero.
Mi padre Astaroth era un pobre hombre demacrado por las experiencias de la vida que vivía como un ermitaño en nuestra mansión, llorando en silencio por su difunta esposa. Todos esperaban su inminente muerte, ya que se decía que estaba enfermo y que no duraría mucho. Ni siquiera yo sabía si era cierto. Por esa razón, mi profesor particular, que normalmente venía por la tarde después del colegio, se daba mucha prisa por enseñarme todo lo que debía saber como príncipe heredero y casi no tenía tiempo libre.
Mi hermano Balmung también solía asistir a las clases, ya que yo insistía en que ambos deberíamos saber las mismas cosas. Sabía que en el fondo me envidiaba y yo, por eso, siempre intentaba que todo fuera igual para los dos. Habíamos nacido con unas pocas horas de diferencia y me imaginaba que eso le daba mucha rabia a Balmung. Aun siendo mellizos, o quizás justamente por eso, éramos muy diferentes. Él era rubio de ojos azules, locuaz, lujurioso, suspicaz y algo orgulloso. Yo, en cambio, tenía el pelo negro como el carbón y, aunque también tenía los ojos azules, era silencioso y frío.
Aun con todo, seguramente lo que más nos caracterizaba era la leyenda que contaban sobre nosotros. En el mundo de Drowth hay algunas personas privilegiadas que tienen unos poderes muy especiales. No son hechiceros, pues solo pueden hacer una cosa específica y normalmente es algo impresionante. A ese poder se le llama geogam, es intransferible y solo se consigue al nacer. Bien, pues dicen que nosotros dos tenemos ese poder. Según he oído, Balmung tiene el poder de manipular a la gente para que haga algo. Si él, por ejemplo, le obligara a alguien a tirarse por la ventana, él lo haría sin poder evitarlo. En cuanto a mí, comentan que puedo deshacer el efecto causado por un geogam. Siguiendo el ejemplo anterior, una vez mi hermano le hubiera obligado a alguien tirarse por la ventana, yo podría cancelar el hechizo para que esa persona volviera a ser dueña de sí misma. Por supuesto, mi padre ha tenido que negar una y otra vez que eso sea verdad. Pero como suele pasar, esa leyenda es cierta.
En todo caso, Balmung solo utiliza ese poder para cosas muy inocentes; que el profesor no nos riña por no haber hecho los deberes, que el mayordomo no le diga a nuestro padre que hemos vuelto a las dos, que la cocinera nos deje beber alcohol... Algunas veces, sin embargo, he tenido que cancelar la obligación porque Balmung se pasó de la raya, como una vez que quería que el jardinero confesara que él había roto la lámpara. A pesar de todo, Balmung y yo nos llevábamos muy bien y siempre estábamos juntos.
Un día en que estaba dando mi paseo nocturno por el gran jardín de palacio, vi a mi hermano hablando con alguien al lado de una fuente. Con curiosidad, me acerqué lentamente y me escondí detrás de una estatua para escuchar. Como me había imaginado, era una chica de nuestra edad. Enseguida la reconocí, era Shelen, la mejor amiga de Balmung. Tenía el pelo rubio muy largo y unos ojos oscuros muy profundos. En la melena, le sobresalían las puntas de las orejas, ya que era un elfo. Mi hermano le hablaba en susurros, con esa voz tan suave que ponía cuando estaba con chicas. Yo le había visto con muchas y sabía que, ya con dieciséis, a algunas se la había llevado a la cama. No obstante, también sabía que nunca se había enamorado de ninguna porque a él lo que le gustaba era el dinero y los placeres que éste le proporcionaba. En realidad, en eso no nos diferenciábamos mucho, ya que yo también era bastante sibarita.
Sin embargo, aquella vez parecía diferente. Estaba muy serio, casi triste, y la miraba fijamente. También ella parecía abatida y tenía la mirada clavada en el suelo.
—¿De qué? —contestaba Balmung a una pregunta que no había alcanzado oír.
—Bueno, has ganado. Abre el champagne —dijo ella.
—No he ganado
—¿Entonces por qué tengo la impresión de haber perdido? —susurró Shelen.
Hubo un breve silencio, en el que me tuve que quedar muy quieto para que no me oyeran, y al final Balmung dijo:
—La razón por la que no podemos decirnos esas dos palabras no es porque no sean ciertas.
—¿Entonces...?
—Creo que los dos sabemos que en el momento en que lo hagamos no será el comienzo de algo, será el final. Piénsalo, Balmung y Shelen yendo al cine... Balmung y Shelen cogiéndose de las manos... —le dijo con tristeza.
Yo sabía que eso para ellos sería muy extraño. Los dos estaban acostumbrados a rollos de una noche, fiestas y borracheras y, que yo supiera, nunca habían tenido ninguna relación seria. Imaginarlos juntos se me hacía muy raro.
—No tenemos porqué hacer eso, podemos seguir haciendo lo que nos gusta —le contestó ella esperanzada.
—Lo que a nosotros nos gusta es esto.
—El juego —confirmó Shelen con un hilo de voz.
Balmung asistió casi imperceptiblemente.
—Sin él no sé cuanto tiempo duraríamos. Sería cuestión de tiempo que lo estropeáramos todo.
Los dos se quedaron callados y aproveché entonces para mirarlos disimuladamente desde detrás de la estatua. Shelen estaba sentada en el borde de la fuente, cabizbaja, y Balmung se agachaba para mirarla a los ojos.
— Mira, yo prefiero esperar —le dijo arqueando las cejas— tal vez en el futuro...
—Supongo que podría haber algún placer insoportable en eso... —le contestó Shelen al borde de las lágrimas.
Se miraron fijamente durante unos segundos y entonces mi hermano se acercó a ella y la besó lentamente en los labios.
Al despegarlos, Balmung se levantó y tras una última mirada, dio media vuelta y se fue. Pasó muy cerca de mí y tuve que contener la respiración durante un rato. Luego volví a mirar a Shelen y la vi yéndose por la puerta trasera del jardín con una llave que sin duda le había dado mi hermano.
Era la primera vez que veía enamorado a Balmung y, por la manera en que hablaban, me había dado la impresión de que no era un sentimiento reciente. Durante unos penosos minutos me imaginé a mí mismo enamorado de alguien y, sencillamente, no pude. Al igual que mi hermano, no me sentía capaz de estar atado a una sola mujer y pensé que yo también habría hecho lo mismo que él.
Sintiéndome un poco culpable por haber oído esa conversación (aunque nada insatisfecho), me dirigí a palacio. En el salón me encontré a Balmung sentado en un sillón frente al fuego y con una copa de whisky en la mano. Ni siquiera se movió al oírme entrar. Quería decirle algo para animarlo pero sabía que haciéndolo me delataría, así que decidí callarme y seguí caminando hasta mi habitación.
Al día siguiente, el trayecto al colegio fue muy silencioso, algo inusual en compañía de Balmung. Como siempre, íbamos en un carruaje negro con forma de calabaza que iba arrastrado por threbals. Estos animales son parecidos a los caballos pero bastante más feos. Casi no tienen carne y el negro pelaje se les pega al esqueleto, del que se nota cada uno de sus huesos. Su cabeza es algo más alargada que la de los caballos y recuerda a la de un dragón.
Cuando llegamos, Balmung cambió totalmente su estado de ánimo y al entrar a clase se dirigió a un grupito de chicos saludándolos de un fingido buen humor. Yo me fui con Rofan, que era nuestro mejor amigo desde parvulario, pero que mi hermano había ignorado por completo. Él pareció darse cuenta.
—¿Le pasa algo? —me preguntó.
Yo no pude evitar decirle lo que había visto la noche anterior. Rofan me escuchó muy seriamente todo el rato y al final, cuando ya lo había hecho, me acordé que él y Shelen habían tenido una aventura hacía relativamente poco. Me sentí un poco mal pero pensé que él debería saberlo puesto que eran muy amigos.
Rofan no se enfadó ni se puso triste, así que supuse que no sentía nada por Shelen. Además, se le ocurrió que podíamos montar una fiesta en un pub para animarlo. A los dos nos hubiera gustado hacerla en palacio pero ni el secretario de mi padre, ni el mayordomo, ni nadie nos dejaría por nada del mundo. Decían que teníamos que dar buena imagen, que éramos los príncipes de Celes y debíamos comportarnos. En público, Balmung y yo éramos unos educados caballeros de colegio de pago que seguíamos todas las leyes para dar buen ejemplo. Aunque en realidad, todos nuestros amigos sabían que éramos unos esnobs lascivos, viciosos y jaraneros.
Aquella noche llevé a Balmung al pub, escoltados por dos guardaespaldas, con la escusa de ir a tomarnos unas copas. Cuando entramos, enseguida se dio cuenta de que lo había alquilado, puesto que solo había gente de nuestra edad. Le dije que hoy lo encontraba algo alicaído y que tenía que animarse. Yo creo que se lo pasó muy bien, sobre todo cuando, sobre las doce, entró Shelen. Al principio me asusté porque pensaba que no querría verla, pero Balmung se portó muy bien con ella y estuvieron charlando y riendo como si nada hubiera pasado. Para mi gusto se portó demasiado bien, pues al cabo de un rato los descubrí besándose sobre un sofá que hacía esquina. Yo me encogí de hombros y me llevé a las dos chicas que rodeaba con los brazos a tomar algo.
Aquella noche, Balmung también tuvo que hacer que el mayordomo y a los guardaespaldas se olvidaran de la hora a la que habíamos llegado y la compañía que traíamos, puesto que nos habíamos llevado a las dos chicas. Los cuatro dormimos en una misma cama y por la mañana, vestidos simplemente con unos pantalones, las acompañamos a la puerta trasera. Después de desayunar me fui a dar un paseo por el jardín para despejarme, aprovechando que era sábado. Allí me encontré al jardinero, del que no recordaba ni su nombre.
—Buenos días, alteza. Parece que ayer os lo pasasteis bien ¿eh? —bromeó él dándome un codazo amistoso.
A mí me extrañó esas amistades que se tomaba, pero no me importó porque me caía bien.
—¿Tanto se nota? —le pregunté con una sonrisa.
—Alteza, deberíais veros los ojos.
—Oh, ya, claro —contesté yo sintiéndome como un estúpido. Ni siquiera me había mirado al espejo— ¿Cómo van las magnolias?
—¡Viento en popa, alteza! En esta época del año se abren y se ponen tan hermosas como las mujeres en verano. Venid, venid, miradlas ¿No son preciosas? —me dijo él arrastrándome del brazo.
Siempre se emocionaba cuando hablaba de flores y eso me hacía mucha gracia porque se ponía a dar saltitos y a hablar sin parar. Estuvimos así una media hora, hasta que me aburrí y le di una escusa para irme.
Cuando llegué al comedor me encontré con el secretario de mi padre hablando con el Hechicero Real y su hijo. El Hechicero era un hombre de media edad y pelo canoso que vestía una elegante túnica de color púrpura con bordes de oro. Lo que más me gustaba de él era que nunca me trataba como a un príncipe, sino como a un chico de mi edad y, aunque eso a Balmung no le gustaba, a mí me aliviaba. Su familia llevaba décadas y décadas sirviendo a la mía y daba la impresión de que su hijo iba a seguir por el mismo camino. Éste era un muchacho rubio, delgaducho y con cierto aire mortecino, como si estuviera mal alimentado. Su padre decía que era porque pasaba demasiadas horas estudiando y siempre le animaba a salir con amigos. Yo solía dudar de si tenía. No sé si era por ese aire afeminado que tenía o por su timidez, pero no me gustaba mucho. Aunque la verdad, tampoco intenté nunca ser su amigo, tenía suficientes y me parecía indecoroso ir con ese desdichado.
A la hora de cenar, nos sentamos todos en la larga mesa del comedor que estaba adornada con flores exóticas y una exquisita vajilla que llevaba el emblema de la casa Real. Aquella noche hasta mi padre estaba presente. Cuando lo miré, me pareció el hombre más viejo del mundo y me hizo recordar aquellos tiempos en el que había sido fuerte y poderoso. Yo apenas me acordaba, pues mi madre murió cuando tenía 6 años y fue entonces cuando él empezó a echarse a perder.
Disimuladamente, intercambié unas miradas con Balmung, el cual también observaba a nuestro padre con interés. Hacía mucho tiempo que no cenábamos todos juntos y fue una velada un tanto incómoda. El Hechicero se esforzaba por mantener una conversación pero mi padre apenas hablaba y Balmung y yo teníamos que hacer lo que podíamos.
—El otro día visité a un amigo de la antigua escuela que trabaja en una fábrica que carruajes —decía el Hechicero—. Me contó que ahora están trabajando en un carruaje más ligero que podrá ser estirado por hipogrifos para así poder volar.
—¡Oh, ya! Llevan con la misma cantinela muchos años y hasta ahora no se ha visto ningún progreso —contestó Balmung.
—Sí, sí, es cierto... aun así yo creo que esta vez va en serio. Me dijo que estos nuevos carruajes están fabricados con corteza de árboles funus.
—¿Árboles funus? —saltó de pronto el hijo del Hechicero
Todos nos giramos hacia él, era la primera vez que decía algo y nos sorprendió bastante. El chico se puso rojo como un tomate y dijo con vergüenza:
—Eh, bueno... esos árboles son muy escasos y... bueno... no sé... no lo veo muy... correcto.
—Sí, es verdad. A mí tampoco me parece bien, pero no creo que podamos hacer nada, hijo, los negocios son los negocios —le contestó su padre con la copa de vino en la mano.
Por primera vez en mi vida miré al hijo del Hechicero con algo de atención. Me había sorprendido ese comentario tan osado y por un momento pensé que ese chico podía ser algo más interesante de lo que parecía. Pero enseguida sacudí la cabeza y alejé ese pensamiento tan extraño de mi mente. Aquel chico era un ingenuo y nada más.
Después de cenar, mi hermano y yo volvimos a salir, no sin antes haberle ordenado a nuestra sirvienta que nos hiciera los deberes. Esta vez nos fuimos a casa de Rofan, que había invitado a algunas chicas, tenía algo para fumar y camas de sobra. En aquel entonces aquello era lo único que necesitábamos.
Cuando miro hacia atrás y veo lo que era, me avergüenzo de mí mismo. No me daba cuenta de lo ciego que estaba, centrado siempre en mí, indiferente a lo que ocurría alrededor. Creía que lo sabía todo, que lo podía hacer todo, cuando ni siquiera conocía los verdaderos valores de la vida. Aun así, no puedo evitar echar de menos la buena vida y el dinero. Es cierto lo que dicen, no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, como mi amistad con Balmung.
Porque nada es para siempre.