2 de octubre. Phorenth. —Una vez, mi jardinero me dijo que el sistema montañoso de Arsen era el más extenso del mundo, pues el 80% del continente insular eran montañas. Al principio no le creí, ya que él era arsense y me pareció normal que estuviera orgulloso de su tierra. Recuerdo que solía hablarme mucho de su país, Phorenth, situado en el centro de Arsen. Decía que ahí todo el mundo era honrado y que siempre estaban dispuestos a ayudar, aun no teniendo tanto dinero como los de Celes.
A veces, aquel hombre me interceptaba mientras paseaba por el jardín y me invitaba a sentarme en un banco con él. Ahí pasábamos horas muertas hablando del mundo que nos rodeaba y de sus múltiples maravillas. En ocasiones, cuando se emocionaba, se le escaba alguna injuria contra mi padre, el rey de Celes, por no preocuparse de la situación económica de Arsen. Yo en aquel entonces era demasiado egoísta, holgazán y vanidoso para escuchar lo que me decía aquel jardinero.
Mi padre Astaroth era un pobre hombre demacrado por las experiencias de la vida que vivía como un ermitaño en nuestra mansión, llorando en silencio por su difunta esposa. Todos esperaban su inminente muerte, ya que se decía que estaba enfermo y que no duraría mucho. Ni siquiera yo sabía si era cierto. Por esa razón, mi profesor particular, que normalmente venía por la tarde después del colegio, se daba mucha prisa por enseñarme todo lo que debía saber como príncipe heredero y casi no tenía tiempo libre.
Mi hermano Balmung también solía asistir a las clases, ya que yo insistía en que ambos deberíamos saber las mismas cosas. Sabía que en el fondo me envidiaba y yo, por eso, siempre intentaba que todo fuera igual para los dos. Habíamos nacido con unas pocas horas de diferencia y me imaginaba que eso le daba mucha rabia a Balmung. Aun siendo mellizos, o quizás justamente por eso, éramos muy diferentes. Él era rubio de ojos azules, locuaz, lujurioso, suspicaz y algo orgulloso. Yo, en cambio, tenía el pelo negro como el carbón y, aunque también tenía los ojos azules, era silencioso y frío.
Aun con todo, seguramente lo que más nos caracterizaba era la leyenda que contaban sobre nosotros. En el mundo de Drowth hay algunas personas privilegiadas que tienen unos poderes muy especiales. No son hechiceros, pues solo pueden hacer una cosa específica y normalmente es algo impresionante. A ese poder se le llama geogam, es intransferible y solo se consigue al nacer. Bien, pues dicen que nosotros dos tenemos ese poder. Según he oído, Balmung tiene el poder de manipular a la gente para que haga algo. Si él, por ejemplo, le obligara a alguien a tirarse por la ventana, él lo haría sin poder evitarlo. En cuanto a mí, comentan que puedo deshacer el efecto causado por un geogam. Siguiendo el ejemplo anterior, una vez mi hermano le hubiera obligado a alguien tirarse por la ventana, yo podría cancelar el hechizo para que esa persona volviera a ser dueña de sí misma. Por supuesto, mi padre ha tenido que negar una y otra vez que eso sea verdad. Pero como suele pasar, esa leyenda es cierta.
En todo caso, Balmung solo utiliza ese poder para cosas muy inocentes; que el profesor no nos riña por no haber hecho los deberes, que el mayordomo no le diga a nuestro padre que hemos vuelto a las dos, que la cocinera nos deje beber alcohol... Algunas veces, sin embargo, he tenido que cancelar la obligación porque Balmung se pasó de la raya, como una vez que quería que el jardinero confesara que él había roto la lámpara. A pesar de todo, Balmung y yo nos llevábamos muy bien y siempre estábamos juntos.
Un día en que estaba dando mi paseo nocturno por el gran jardín de palacio, vi a mi hermano hablando con alguien al lado de una fuente. Con curiosidad, me acerqué lentamente y me escondí detrás de una estatua para escuchar. Como me había imaginado, era una chica de nuestra edad. Enseguida la reconocí, era Shelen, la mejor amiga de Balmung. Tenía el pelo rubio muy largo y unos ojos oscuros muy profundos. En la melena, le sobresalían las puntas de las orejas, ya que era un elfo. Mi hermano le hablaba en susurros, con esa voz tan suave que ponía cuando estaba con chicas. Yo le había visto con muchas y sabía que, ya con dieciséis, a algunas se la había llevado a la cama. No obstante, también sabía que nunca se había enamorado de ninguna porque a él lo que le gustaba era el dinero y los placeres que éste le proporcionaba. En realidad, en eso no nos diferenciábamos mucho, ya que yo también era bastante sibarita.
Sin embargo, aquella vez parecía diferente. Estaba muy serio, casi triste, y la miraba fijamente. También ella parecía abatida y tenía la mirada clavada en el suelo.
—¿De qué? —contestaba Balmung a una pregunta que no había alcanzado oír.
—Bueno, has ganado. Abre el champagne —dijo ella.
—No he ganado
—¿Entonces por qué tengo la impresión de haber perdido? —susurró Shelen.
Hubo un breve silencio, en el que me tuve que quedar muy quieto para que no me oyeran, y al final Balmung dijo:
—La razón por la que no podemos decirnos esas dos palabras no es porque no sean ciertas.
—¿Entonces...?
—Creo que los dos sabemos que en el momento en que lo hagamos no será el comienzo de algo, será el final. Piénsalo, Balmung y Shelen yendo al cine... Balmung y Shelen cogiéndose de las manos... —le dijo con tristeza.
Yo sabía que eso para ellos sería muy extraño. Los dos estaban acostumbrados a rollos de una noche, fiestas y borracheras y, que yo supiera, nunca habían tenido ninguna relación seria. Imaginarlos juntos se me hacía muy raro.
—No tenemos porqué hacer eso, podemos seguir haciendo lo que nos gusta —le contestó ella esperanzada.
—Lo que a nosotros nos gusta es esto.
—El juego —confirmó Shelen con un hilo de voz.
Balmung asistió casi imperceptiblemente.
—Sin él no sé cuanto tiempo duraríamos. Sería cuestión de tiempo que lo estropeáramos todo.
Los dos se quedaron callados y aproveché entonces para mirarlos disimuladamente desde detrás de la estatua. Shelen estaba sentada en el borde de la fuente, cabizbaja, y Balmung se agachaba para mirarla a los ojos.
— Mira, yo prefiero esperar —le dijo arqueando las cejas— tal vez en el futuro...
—Supongo que podría haber algún placer insoportable en eso... —le contestó Shelen al borde de las lágrimas.
Se miraron fijamente durante unos segundos y entonces mi hermano se acercó a ella y la besó lentamente en los labios.
Al despegarlos, Balmung se levantó y tras una última mirada, dio media vuelta y se fue. Pasó muy cerca de mí y tuve que contener la respiración durante un rato. Luego volví a mirar a Shelen y la vi yéndose por la puerta trasera del jardín con una llave que sin duda le había dado mi hermano.
Era la primera vez que veía enamorado a Balmung y, por la manera en que hablaban, me había dado la impresión de que no era un sentimiento reciente. Durante unos penosos minutos me imaginé a mí mismo enamorado de alguien y, sencillamente, no pude. Al igual que mi hermano, no me sentía capaz de estar atado a una sola mujer y pensé que yo también habría hecho lo mismo que él.
Sintiéndome un poco culpable por haber oído esa conversación (aunque nada insatisfecho), me dirigí a palacio. En el salón me encontré a Balmung sentado en un sillón frente al fuego y con una copa de whisky en la mano. Ni siquiera se movió al oírme entrar. Quería decirle algo para animarlo pero sabía que haciéndolo me delataría, así que decidí callarme y seguí caminando hasta mi habitación.
Al día siguiente, el trayecto al colegio fue muy silencioso, algo inusual en compañía de Balmung. Como siempre, íbamos en un carruaje negro con forma de calabaza que iba arrastrado por threbals. Estos animales son parecidos a los caballos pero bastante más feos. Casi no tienen carne y el negro pelaje se les pega al esqueleto, del que se nota cada uno de sus huesos. Su cabeza es algo más alargada que la de los caballos y recuerda a la de un dragón.
Cuando llegamos, Balmung cambió totalmente su estado de ánimo y al entrar a clase se dirigió a un grupito de chicos saludándolos de un fingido buen humor. Yo me fui con Rofan, que era nuestro mejor amigo desde parvulario, pero que mi hermano había ignorado por completo. Él pareció darse cuenta.
—¿Le pasa algo? —me preguntó.
Yo no pude evitar decirle lo que había visto la noche anterior. Rofan me escuchó muy seriamente todo el rato y al final, cuando ya lo había hecho, me acordé que él y Shelen habían tenido una aventura hacía relativamente poco. Me sentí un poco mal pero pensé que él debería saberlo puesto que eran muy amigos.
Rofan no se enfadó ni se puso triste, así que supuse que no sentía nada por Shelen. Además, se le ocurrió que podíamos montar una fiesta en un pub para animarlo. A los dos nos hubiera gustado hacerla en palacio pero ni el secretario de mi padre, ni el mayordomo, ni nadie nos dejaría por nada del mundo. Decían que teníamos que dar buena imagen, que éramos los príncipes de Celes y debíamos comportarnos. En público, Balmung y yo éramos unos educados caballeros de colegio de pago que seguíamos todas las leyes para dar buen ejemplo. Aunque en realidad, todos nuestros amigos sabían que éramos unos esnobs lascivos, viciosos y jaraneros.
Aquella noche llevé a Balmung al pub, escoltados por dos guardaespaldas, con la escusa de ir a tomarnos unas copas. Cuando entramos, enseguida se dio cuenta de que lo había alquilado, puesto que solo había gente de nuestra edad. Le dije que hoy lo encontraba algo alicaído y que tenía que animarse. Yo creo que se lo pasó muy bien, sobre todo cuando, sobre las doce, entró Shelen. Al principio me asusté porque pensaba que no querría verla, pero Balmung se portó muy bien con ella y estuvieron charlando y riendo como si nada hubiera pasado. Para mi gusto se portó demasiado bien, pues al cabo de un rato los descubrí besándose sobre un sofá que hacía esquina. Yo me encogí de hombros y me llevé a las dos chicas que rodeaba con los brazos a tomar algo.
Aquella noche, Balmung también tuvo que hacer que el mayordomo y a los guardaespaldas se olvidaran de la hora a la que habíamos llegado y la compañía que traíamos, puesto que nos habíamos llevado a las dos chicas. Los cuatro dormimos en una misma cama y por la mañana, vestidos simplemente con unos pantalones, las acompañamos a la puerta trasera. Después de desayunar me fui a dar un paseo por el jardín para despejarme, aprovechando que era sábado. Allí me encontré al jardinero, del que no recordaba ni su nombre.
—Buenos días, alteza. Parece que ayer os lo pasasteis bien ¿eh? —bromeó él dándome un codazo amistoso.
A mí me extrañó esas amistades que se tomaba, pero no me importó porque me caía bien.
—¿Tanto se nota? —le pregunté con una sonrisa.
—Alteza, deberíais veros los ojos.
—Oh, ya, claro —contesté yo sintiéndome como un estúpido. Ni siquiera me había mirado al espejo— ¿Cómo van las magnolias?
—¡Viento en popa, alteza! En esta época del año se abren y se ponen tan hermosas como las mujeres en verano. Venid, venid, miradlas ¿No son preciosas? —me dijo él arrastrándome del brazo.
Siempre se emocionaba cuando hablaba de flores y eso me hacía mucha gracia porque se ponía a dar saltitos y a hablar sin parar. Estuvimos así una media hora, hasta que me aburrí y le di una escusa para irme.
Cuando llegué al comedor me encontré con el secretario de mi padre hablando con el Hechicero Real y su hijo. El Hechicero era un hombre de media edad y pelo canoso que vestía una elegante túnica de color púrpura con bordes de oro. Lo que más me gustaba de él era que nunca me trataba como a un príncipe, sino como a un chico de mi edad y, aunque eso a Balmung no le gustaba, a mí me aliviaba. Su familia llevaba décadas y décadas sirviendo a la mía y daba la impresión de que su hijo iba a seguir por el mismo camino. Éste era un muchacho rubio, delgaducho y con cierto aire mortecino, como si estuviera mal alimentado. Su padre decía que era porque pasaba demasiadas horas estudiando y siempre le animaba a salir con amigos. Yo solía dudar de si tenía. No sé si era por ese aire afeminado que tenía o por su timidez, pero no me gustaba mucho. Aunque la verdad, tampoco intenté nunca ser su amigo, tenía suficientes y me parecía indecoroso ir con ese desdichado.
A la hora de cenar, nos sentamos todos en la larga mesa del comedor que estaba adornada con flores exóticas y una exquisita vajilla que llevaba el emblema de la casa Real. Aquella noche hasta mi padre estaba presente. Cuando lo miré, me pareció el hombre más viejo del mundo y me hizo recordar aquellos tiempos en el que había sido fuerte y poderoso. Yo apenas me acordaba, pues mi madre murió cuando tenía 6 años y fue entonces cuando él empezó a echarse a perder.
Disimuladamente, intercambié unas miradas con Balmung, el cual también observaba a nuestro padre con interés. Hacía mucho tiempo que no cenábamos todos juntos y fue una velada un tanto incómoda. El Hechicero se esforzaba por mantener una conversación pero mi padre apenas hablaba y Balmung y yo teníamos que hacer lo que podíamos.
—El otro día visité a un amigo de la antigua escuela que trabaja en una fábrica que carruajes —decía el Hechicero—. Me contó que ahora están trabajando en un carruaje más ligero que podrá ser estirado por hipogrifos para así poder volar.
—¡Oh, ya! Llevan con la misma cantinela muchos años y hasta ahora no se ha visto ningún progreso —contestó Balmung.
—Sí, sí, es cierto... aun así yo creo que esta vez va en serio. Me dijo que estos nuevos carruajes están fabricados con corteza de árboles funus.
—¿Árboles funus? —saltó de pronto el hijo del Hechicero
Todos nos giramos hacia él, era la primera vez que decía algo y nos sorprendió bastante. El chico se puso rojo como un tomate y dijo con vergüenza:
—Eh, bueno... esos árboles son muy escasos y... bueno... no sé... no lo veo muy... correcto.
—Sí, es verdad. A mí tampoco me parece bien, pero no creo que podamos hacer nada, hijo, los negocios son los negocios —le contestó su padre con la copa de vino en la mano.
Por primera vez en mi vida miré al hijo del Hechicero con algo de atención. Me había sorprendido ese comentario tan osado y por un momento pensé que ese chico podía ser algo más interesante de lo que parecía. Pero enseguida sacudí la cabeza y alejé ese pensamiento tan extraño de mi mente. Aquel chico era un ingenuo y nada más.
Después de cenar, mi hermano y yo volvimos a salir, no sin antes haberle ordenado a nuestra sirvienta que nos hiciera los deberes. Esta vez nos fuimos a casa de Rofan, que había invitado a algunas chicas, tenía algo para fumar y camas de sobra. En aquel entonces aquello era lo único que necesitábamos.
Cuando miro hacia atrás y veo lo que era, me avergüenzo de mí mismo. No me daba cuenta de lo ciego que estaba, centrado siempre en mí, indiferente a lo que ocurría alrededor. Creía que lo sabía todo, que lo podía hacer todo, cuando ni siquiera conocía los verdaderos valores de la vida. Aun así, no puedo evitar echar de menos la buena vida y el dinero. Es cierto lo que dicen, no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, como mi amistad con Balmung.
Porque nada es para siempre.

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